Lucía Morate


Fotografía incandescente


Radiestesia

Radiestesia

Reflexiona Bauman: “los líquidos ‘fluyen’, ‘se derraman’, ‘se desbordan’, ‘salpican’, ‘se vierten’, ‘se filtran’, ‘gotean’, ‘inundan’, ‘rocían’, ‘chorrean’, ‘manan’, ‘exudan’; a diferencia de los sólidos, no es posible detenerlos fácilmente-sortean algunos obstáculos, disuelven otros o se filtran a través de ellos, empapándolos. Emergen incólumes de su encuentro con los sólidos, en tanto que estos últimos si es que siguen siendo sólidos tras el encuentro- sufren un cambio.

Todo acontece como si se experimentara una supremacía paulatina del mundo líquido sobre el sólido, como si un fenómeno tangible -el gradual derretimiento de los polos- se hubiera incrustado en una poco esperanzada representación del presente, abonando una imaginación que asume y generaliza la idea del crecimiento de las aguas: episodio final de una historia circular que retorna al estado primigenio.
La imagen del avance de las aguas no es tranquilizadora; por el contrario, conlleva el recelo al crecimiento y el desborde, la alarma que provoca la inminencia de la inundación. El embate hídrico puede provocar la disgregación de aquello en relación con lo que se establecen los parámetros de orientación, la delimitación de la identidad y el principio de poder: el dominio sobre un territorio, que permite
una demarcación y circunscripción donde realizar la acumulación. No obstante, el agua es menos destructora que el fuego ya que tiene la propiedad de la combinación: asimila sustancias, atrae esencias (Bachelard, 1978, p. 144), se impregna de todo, mezcla todo.
Su acción acarrea un efecto de desjerarquización. No se trata de una pérdida total, sino de la integración de elementos, despojado de lo superfluo, en un continente mayor. Se produce una condensación que lleva a que desaparezca la envoltura y persistan los componentes esenciales, sin su cubierta, dispersos o diluidos en el medio que los aloja. Todo está allí está, en el germen.

El agua es un horizonte dinámico, siempre cambiante, capaz de hacernos comprender nuestra pequeñez. Es avasallante como vacilante, muestra una faz pública y guarda otra densidad en lo profundo.

En el océano reside el mítico origen de la vida en la Tierra; quizá por ello engendre en nosotros un conjunto tan intrincado de fantasías y fantasmagorías. Nada como las grandes aguas para ver reflejado nuestro paisaje emocional. En su ambivalencia, el mar azuza la imaginación.

Si la liquidez es metáfora privilegiada del mundo social contemporáneo, el mar lo es de nuestras emociones: el yo aparece como un compuesto inestable en mutación, en continua fluctuación. El agua no dice quiénes somos pero insinúa que podríamos ser otros.

Texto extraído de “La comunicación según las metáforas oceánicas”

Vanina Papalini

Estas imágenes son fotografías del lugar más árido del planeta, el desierto de ATACAMA, Chile.
Su origen data de hace unos tres millones de años, siendo en su pasado un lecho marino. 
Las imágenes que componen esta serie han sido impresas en papel, sumergidas en agua y fotografiadas de nuevo.
Este proceso ha hecho posible llenar el desierto de agua.

Proyecto seleccionado en Pa-ta-ta festival y premiado como el mejor proyecto expositivo en la calle, Granada.  2015
Proyecto expuesto en el Centro Cultural de Las Cigarreras, Alicante. 2016


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