Lucía Morate


Fotografía incandescente


  Cactus en flor
                                                                                                   


Para levantarse antes hay que dejarse caer.

Imaginamos la vida como un camino rectilíneo o al menos como un camino con un principio y un final, con vueltas y revueltas pero que de alguna manera va de un sitio a otro. Sin embargo, la vida más bien describe una trayectoria circular alrededor de un centro en el cual tal vez está la imagen de nosotros mismos rodeada de los afectos y las construcciones mentales. Y así la vida se desarrolla en la superficie exterior del circulo, pero no podemos cambiar la trayectoria circular y llegar a donde queremos puesto que estamos atados con una cuerda invisible a un centro. Nuestra trayectoria es de regreso una y otra vez. Si no caes hacia el interior es difícil cambiar la trayectoria o al menos soltar un poco de cuerda para cambiar la órbita que describe tu vida.

Cactus en flor

En el Museo del Louvre se conserva el autorretrato de A. Durero en el que el joven artista se  presenta a la amada con una flor de cactus en la mano, símbolo de fidelidad. En la parte superior del mismo aparece un lema que apela al destino en el diseño del camino trazado.
La sorpresa de un cactus en flor deja una huella que araña el alma, como nos araña extrañamente cuando miramos las manos del artista enlazadas por el cactus, como nos muerde el paisaje con figuras de las fotografías de Lucía Morate.
En las imágenes  las figuras florecen, extrañas, como exvotos, en paisajes que parecen solo  habitados en los sueños, construidos como metáforas del mundo que habitamos: lagos con estatuas cubiertas de musgo, cielos azules en parques nevados, azoteas imposibles, muros abiertos a ventanas, abiertas a bosques, o negros despojos industriales con árboles caídos.
Las figuras desafiando las leyes naturales, desafiando las leyes de la gravedad, se desploman dejándose  caer en los brazos que las  recogen.
Renacemos en cada caída. Los brazos en los que nos desplomamos, nos impiden ser tierra, son como las alas del ángel de la tabla de Antonello de Messina en el Museo del Prado.
El paisaje que ocupamos, parece aislarnos, pero al mismo tiempo nos derramamos en el otro, sin el que no podríamos florecer. Crecemos verticales, anclados en el espacio, ascendemos como figuras de Giacometti, y nos balanceamos según los vientos del tiempo, con miedo, con incertidumbre, pero anhelando que el otro acoja nuestro cuerpo, que sólo es sólido cuando se refleja.
Las fotografías de Lucía hablan de la insoportable  levedad del ser: La levedad y el peso, el cuerpo y el alma, como si de un juego infantil se tratara. Jugamos a ser ligeros como el aire, sólidos como de plomo.

La idea del eterno retorno es misteriosa y con ella Nietzsche dejó perplejos a los demás filósofos: ¡pensar que alguna vez haya de repetirse todo tal como lo hemos vivido ya, y que incluso esa repetición haya de repetirse hasta el infinito!¿Qué quiere decir ese mito demencial?

(M. Kundera. La insoportable levedad del ser)


 Marzo 2010 · Carmen Dalmau




Obra seleccionada y expuesta en Museo de Arte Contemporáneo, Patio Herrariano, Valladolid
Impresión lambda laminado sobre dibond de aluminio, bastidor de madera 75x1,15 cms. 1/5 + P/A









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